
Ella se calza los anteojos húngaros y me habla por la noche del bonsai y del capricho japonés.
Qué casualidad! pienso. Hace unos días estuve en el Jardín Japonés mirando montones de bonsais.
Alrededor todo era agradable: la aguita que corría, el gesto geisheano de la japonesa del vivero, los gentiles y sonrientes peces Koi devoradores de mis 10 pesos en comida balanceada.
La estética de lo bello, toda preparada para mí. Por eso se paga entrada.
Al fondo de tanta delicada hermosura estaban ellos: los
bonsais. No sé si me gustaban antes, ahora sé que no. Lo mejor es que sé porque.
La húngara me lo explicó el jueves pasado sin explicármelo que es del modo que mejor se aprende.
Los bonsais están adiestrados, los pobres, por el capricho de unas tijeras filosas y peligrosas que les van indicando por dónde crecer, para dónde girar, cuántas hojas mostrar, moldeando así la misma voluntad natural.
A mí me recortan muchas veces y me acomodan cual planta nipona. Está bien, no hay que quejarse tanto, después de todo algunos días es conveniente ser "bonsai".
Pero no debo engañarme tampoco.
Nací yuyo, yuyo criollo, sin vocación oriental.