
Al llegar por primera vez a la casa donde luego viviría por dos años, supe que estaba en España.
Abrió la cancela Jesús, el mayordomo de una hermosa casa andaluza de 200 años. Después de hacernos pasar con mal gesto, siguió vistiendo unos manequíes que bordeaban un patio andaluz cercado por pilistras.
-Venimos para ver la casa. Yo soy la muchacha que llamó por teléfono.-
-Pasen- dijo sin prestarnos atención.
Mi primera impresión jamás cambió. La casa, ubicada en la calle San Rafael 21, cual casa de los espíritus, me fascinó de inmediato. Mi marido me observaba con cierta desconfianza y adivinando el final de la historia. Perceptible como soy, le susurré en su idioma: -I love it, we don’t need to buy it, but it looks like an unique house, seremos felices aquí, ya verás- esto último me lo decía a mí.
-Qué está haciendo?- Le pregunté a Jesús mientras esperábamos a la dueña.
-Les peino la peluca a los manequíes y los visto según la estación._
-ahh-
-Como ya empezó el invierno, éste lleva el traje de lana y la peluca rubia. Bueno, la peluca la lleva todo el año, pero hay que peinarla para sacarle el polvo.-
-ahhh-
-La señora me lo ordena, que quiera que haga- dijo Jesús revoleando ojos y haciéndonos saber de la mala convivencia entre patrona y empleado.
Tambien bordeaba el patio una estatua, más grande que mi marido, comprada en la Rue Bonaparte de París y que imitaba la figura de San Agustín con la mano izquierda alzada hacia nosotros. En un rincón, como en un altarcito, otra figura representaba a San Antonio, pero estaba de espaldas. De repente apareció Doña Pepa, bajita y gorda como un corcho, pero de la que emanaba una autoridad que nos intimidó. Sin perder tiempo, se refirió al santo diciéndonos: -Ese San Antonio, es un hijo de puta, guapa, lo tengo castigao desde enero.- siguió -Le pedí que me encontrara unos papeles, y el muy cabrón no me hizo caso, y ahí se queda, castigao!- Cambiando sutono se dirigió a mí -cuando se te pierda algo, cariño, le pides a Ramón Nonnato, que de los cojones te ato y que hasta que no encuentres lo buscado, no te los desato- inmediatamente y cogiendo un trapo hizo una breve demostración de unos nudos esquineros y lo arrojó por el aire. Mi marido comprendió, como cualquier otro hombre, el tema de los cojones sin necesidad de traducción. El trapo que casi le pega, le causó la misma e internacional aprehensión de los hombres hacia su propio mundo genital.
-Con los pulpos que se venden por la calle, tú ni te metas. Me avisas a mí o a Jesús. El los cuelga en la cuerdas de la ropa y le dá con la escoba hasta achucharlo bien, para que el bicho se ponga tiernito. Y luego, blublublublbu a la olla desde la 7 para que hierva mucho rato. Pero tú no! de eso, Jesús!!!- quien seguía revoleando los ojos molesto.
La fascinación impedía traducirle a Mr. Poppins, quién aún sin entender sabía que acabaría rindiéndose ante la inevitable diversión de su mujer. En ese momento supo que en San Rafael #21 viviríamos, o tendría que aguantarme. He, again, comparaba su científica mente neoyorquina con las imágines almodovarianas de las que ya formaba parte, y que terminaría arrendando por los siguientes 2 años.
“Para las cenas que organices, Jesus se encarga”. Doña Pepa seguía explicando. Y, vaya si eso me gustó.
Finalmente, allí nos instalamos.
Yo, que debo confesar nunca he logrado acostumbrarme a las mudanzas, me senté en una sillita una mañana de febrero en la entrada del recibidor, mientras “Mudadoras Ferris International” entraba cajas y más cajas. Los hombres decian: “138” a lo que yo contestaba sonriendo “ para el cuarto del fondo, por favor”, "657", "cocina, gracias", "377", "baño de entrada", "276" "trastero por favor", "389" "huéspedes", etc. Y así, por 10 horas más. Yo, que esas situaciones me paralizan, pensaba que sólo el paso del tiempo sería capaz de acomodar el contenido de esas cajas. Así me quedé sentadita toda la mañana viendo cajas entrar y entrar. Parecía estar jugando al bingo, porque sólo tachaba números en mi tablita de inventario de cajas al cantar los mudadores los números correspondientes.
A los pocos días del bingo de la mudanza, el marido estadounidense empezó a conectar las computadoras y otros equipos de alta tech. La manzana entera de San Rafael, perdía la luz cada vez y en cada intento. Jesús salía por órdenes gritadas por la señora, a buscar a cualquiera que entendiera de enchufes. En caravana entraron a mi casa, Paco el de la fotocopiadoras del callejón del Aire, Manolo, el electricista del Ayuntamiento, y lo mejor de todo, Doña Rosario que vino con un destornillador en la oreja a meterse con los equipos de avanzada de mi cónyuge. Doña Rosario le hablaba gritándo y muy divertida en español al americano, quien le contestaba sonriendo and very politely of course, “no problemas!!!" and to me "pleeeeease, can you stop them and explain to them do not touch my equipment, please???”
Yo reía internamente sin parar por el contraste de aquella situación y pensaba: acá me quedo!!!.
Sí, acá me quedo yo, en la cuesta de San Rafael 21, en esquina con la Peña Flamenca El Agujeta, y a dos calles de los Pollos del Señor Pablo.
Así, en esa casa de 200 años, conocí todo lo que hasta hoy conozco de España.