No necesariamente hablaría de regla inversamente proporcional entre la búsqueda de la plenitud y la experiencia sensible de la felicidad, pero por ahí va el hilo de mi pensamiento.
A veces pareciera que cuantas más preguntas nos hacemos y más búsquedas intentamos, más complejos nos volvemos y más difícil pareciera el disfrute de lo simple y de lo sencillo. Iach!
Los detonantes de este post fueron una conversación al pasar sobre la teoría de Marslow, un poster de Kansdinsky que reposa en el banio de arriba, donde me inmerso a diario para escapar del frio, y la incondicional presencia de mi amiga Maricarmen.
Maricarmen se asoma a mi vida con sus frecuentes preguntas: “Y eso por qué, Mary?” “No, no te entiendo, por qué?” “pero .... por qué???” Y más que preguntas, diría son afirmaciones asombradas sobre mis disquisiciones o comportamientos, como si me metiera en el mar estos días o empezara a detonar pirotecnia en una gasolinera.
Simplemente no comprende. Claro que desde que mi amigo Juan, Lila y yo –los tres portenos- vivimos en este pueblo tiene entretenimiento garantizado de circo itinerante.
Yo la observo y se de su sapiencia natural y de su sana visión de la vida.
Quisiera ser así. Quisiera?
Se puede desprogramar lo aprendido? hacer un camino inverso? Por qué, como dice ella, “rizo el rizo” y ajusto más. Por qué miro hacia arriba en busca de sentido, por qué en la ambiguedad de mi relativismo las posibilidades crecen y más me atraen, por qué no aprendí aun a ser categórica, lineal, obediente.
Puedo desintoxicarme de mí? Sería conveniente hacerlo para disfrutar más?
Voy en camino a la ignorancia de la felicidad?
Sé la respuesta.
Crecí en Buenos Aires. Mi viejo me incitó a la lectura y encubiertamente a la falta de practicidad. Me habló de Marslow y de la búsqueda de la plenitud mientras los estratos inferiores estuvieran satisfechos, bah, me complicó la vida. Con el tiempo otros factores me sedujeron hacia el inquieto malestar de las preguntas, el mundo de las ideas, y hasta el gusto por la pintura abstracta, especialmente Kandisky. Me volví más desconfiada de preceptos y le tomé el gusto a la libertad. Sé que tengo que vivir con insatisfacciones parciales pero que a la vez motorizan mi espíritu y me hacen andar el único riesgo de mi vivir.
Mis certezas son cada vez menos. Me limitaria a la intrínseca confianza depositada en la ley natural, a la inocencia de los ninios, y al inexorable correr del reloj.
A pesar de, me siento ciertamente virgen en el plano de las emociones y vivo de la ilusión. Como una pequenia aún puedo reirme o sorprenderme, me conmueve de manera intensa el amor, las partidas, el dolor y la alegría. El ironismo asomó hace un tiempo pero no cuajó del todo, no soy tan inteligente. Ni hablar del cinismo, esa no soy yo.
Guiando a mi hija, pienso por qué le explico ciertas cosas, por qué ya leyó “Instrucciones para subir una escalera”, por qué creo que será bueno que lea lo que pueda, que analice, que sepa elegir, que suenie, que procure la belleza. O, será mejor que “aprenda” lo menos posible, que sea feliz con poco, que coma y duerma bien, que no avance por los escalones de Marslow hacia la oscuridad, o hacia la luz?
Intuyo una respuesta levemente.
Es complejo vivir así, en búsqueda de la ilusión. Pero no hay vuelta atrás, al menos para mí.
Lo que importa es poder seguir emocionándome con la belleza de Evans, de Neruda, de Kandisky, y de Maricarmen.