
Hoy intenté lo imposible una vez más, que un sillón de tres cuerpos con cama queen incorporada más grande y pesado que un toro de lidia, se llevara puesto la mitad de la escalera de mi casa, el consumo de una docena de cervezas Alhambra entre los trabajadores, la hernia de uno de ellos, la de Manolo, para darnos cuenta que finalmente sería imposible entrarlo por la puerta de la habitación seleccionada que le esperaba burlonamente.
Yo hasta me atreví a jugar con las matemáticas, y con la ingeniería para acabar llamando finalmente a mi amiga Pat en busca de nuevas respuestas y dosis de entusiasmo. Esta vez nada. Me contestó un simple: “Take it back”!
Los transportistas me miraban con temor a darme la mala noticia de la imposibilidad. Era como el chiste de cuántos elefantes entre en un fitito….? NINGUNO. Igual!
Mis ocurrencias eran propias de mí: si llamo al carpintero de Isaac Peral y le rebana los brazos y después se los pega, si le hago un tajo y le quito todo el relleno y después lo coso (eso me hizo reir aunque quería llorar), si vendo la casa ahora y compro otra donde entre el puto sofá. Miraba el ángulo, las malditas paredes que al ser de cemento tampoco cooperaban, y la odiosa mole color caramelo que parecía decirme: “llevame a casa, mamita!”
Pensándolo más tarde, me dí cuenta que todas las ideas salían de mí y que usaba la primera persona del plural al desplegarlas a mi equipo en cada uno de los ejemplos. “Manolo (el que se quedó sin hernia) y si intentamos..., yo estoy segura que podemos..., tiremos para este lado..., lo bajamos un poquito..., empujemos..."
No sé cómo decir esto de otra manera que no sea la literal y porque lo considero imperdible para el relato. Como yo guiaba el tránsito de mi nuevo elefante y de sus toreros, al subir quedé atascada como en mis "Callejones" de Arcos, de un lado del elefante y los muchachos Ferris del otro. No podía salir de ninguna manera salvo si intentaba arrojarme suicidamente por uno de los balcones de la propiedad. Uno me dice: “Móntate, móntate que io te cojo de este lado”. A pesar de los años que llevo viviendo en la Madre Patria la palabra me produce aún la misma impresión, aunque a quien lea, seguro más.
Vuelta el bendito sofá para abajo a quedarse con el resto del estuco que le quedaba a la escalera.
Tres osos y un elefante iban de arriba para abajo diciéndome finalmente como un oncólogo que trae malas noticias: “Qué quieres hacer?” El error lo cometieron ellos al facilitarme el verbo del capricho.
El sillón quedó virginalmente depositado en la habitación a la que estaba destinado desde su fabricación.
Entró, aunque ya no importa contarles cómo.
Sé que un día se leerá un cartel que rece: “Se vende casa con garage, trastero, y sillón”.
Hoy, estirada en el nuevo sofá cama, desafío a todas las leyes de la Ciencia, especialmente a esa que nunca me gustó que dice que la tierra es redonda.
No, no es redonda Eratóstenes, te equivocaste! hace mucho tiempo ya.