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Sabía que lo encontraba en ese bar, como siempre, alrededor de las seis.
Disimulaba el antojo de verlo con artilugios que sólo las mujeres conocemos. Ni siquiera sabía muy bien a que se debía tanta y tan precipitada emoción visual.
Se preparaba por horas, se atragantaba las posibles preguntas, y hasta practicaba la casualidad.
Al rato aparecia él, como siempre, buscando arrogantemente la mesa de la ventana, que parecía haber comprado cinco meses atrás, cuando empezó a tomarse el café ahí, y en donde diariamente apoyaba una agenda vacía.
Ella sabía apuntar la mirada y la dirección de la silla programando con astucia su femenina “mise-en-scene”.
El un cortado, ella una tónica y seis mesas de por medio.
Todo lo ensayado por ella se diluía hasta el día siguiente a la misma hora. Apenas lo miraba. Se maldecía por eso. Sabía las reglas de la conquista de memoria, pero al llegar el momento descomponía en timidez. Pagaba la tónica que jamás bebía y abría las puertas vaivén del café hasta otro día más.
El azar…
El, soñaba cada noche con la muchacha del bar, había timidamente memorizado sus ojos y sus hombros plateados. Conocía de la ternura que cada día le enamoraba más de ella. Le inquietaban las tardes antes del encuentro y que lo mantenían vivo sólo hasta las seis.
El sabía que la encontraría como cada día a la misma hora en la misma mesa donde estratéjicamente apuntaba la vision, los sentidos, y el ritual mientras seis mesas desafortunadas los separaban. Se peleaba con él mismo por no avanzar hacia ella, por no acercarse o sonreirle. Sólo cuando desaparecía la muchacha por las puertas vaivén del bar, él despertaba del letargo de este amor ineficiente que le poseía.
Un día de noviembre ella no soportó más su propia impotencia y prefirió la desaparición.
El siguió yendo por 26 tardes más.
Nunca se supieron.
El azar … desconfiado vaivén de las tardes.